jueves, 4 de febrero de 2010

UN CAMBIO REPENTINO

La mañana del veinticinco de junio de mil novecientos noventa y tres Pedro Alfonso Fernández de Galdeano se levantó de la cama más temprano que lo usual. Acostumbraba a despertarle el trajín doméstico de su madre entorno a las nueve de la mañana. Pedro Alfonso entraba al baño, se desperezaba a medias, tomaba un escueto desayuno de galletitas y café, y para las diez y media ya estaba sentado en la clase de derecho constitucional. Aquel día que se volvió loco, sin embargo, la vaga sensación de un estrépito le despertó a las siete de la mañana. Miró asombrado el despertador y volvió a cerrar los ojos, pero luego de unos instantes comprendió que no iba a recuperar el sueño de manera que realizó una incorporación engorrosa y llena de fastidio.¿Estaba nervioso por el examen? No, no lo creía. Había estudiado perfectamente toda la materia. Simplemente se había desvelado.
Al pasar por delante de la cocina musitó una especie de saludo a la silueta atareada de su madre, la cual no le respondió. Entró bostezando en el cuarto de baño y abrió el grifo del lavabo para que se calentara el agua mientras meaba. Tiró de la cadenilla de la cisterna y volvió a desperezarse oyendo como le crujían las articulaciones. La luz del sol apenas se filtraba a través de la cortina de encaje sino en unos hilillos violáceos que rumbeaban de aquí para allá sin alumbrar casi nada. Pedro Alfonso encendió la bombilla del armarito de espejos y se distrajo un rato removiendo sus párpados legañosos y sacándose algunos mocos resecos. Luego sacó la maquinilla de afeitar que estaba menos sucia. Cuando fue a sacudirla en el piso marmóreo del lavabo se dio cuenta de que el agua no corría porque había una oreja taponando el desagüe. Pensó que sería una broma de su hermano; sin embargo después de examinarla detenidamente, la arrojó al suelo con repugnancia viendo que era de verdad. La oreja sonó blanda en el blanco enlosado del cuarto de baño y salpicó un polvillo vidrioso de sangre manida. Con la cara pálida y los cabellos duros y desconcertados Pedro Alfonso se dirigió a la cocina, de donde llegaba el son mañanero de su madre con ritmo de vals.
-¿Qué...qué...ha pasado?-le preguntó con una voz atragantada entre bolas gordas y angulosas de saliva. Su madre compuso una mirada asombrada detrás de los anteojos. Fregaba la vasija grasienta que había sobrado de la noche anterior, y cogió un trapo para secarse las manos enjabonadas.
-¿Adonde vas tan temprano? No son más que las siete y media.
-Me he desvelado...¿No has visto lo que hay en el cuarto de baño?
-No.
-¿No lo has visto?
-¡Ay,hijo! Ya te he dicho que no.¿Qué es lo que hay?
-Es horrible...asqueroso. Hay una oreja ahí, una oreja de verdad, en el lavabo. Bueno, ahora está en el suelo porque yo...¡La cuestión es que hay una oreja ahí! -insistió señalando en la dirección del cuarto de baño. Utilizó aquella entonación solemne para acentuar el dramatismo de sus palabras y se quedó esperando la exagerada reacción de su madre .Comenzaría a gritar como una loca, yendo de aquí para allá, envuelta en una maraña de aspavientos frenéticos, y despertaría a todo el vecindario con su tremolina. Era una mujer que ponía una preocupación disparatada a las situaciones nimias, como aquella vez que llevó a su hermano, cuando era pequeño, a urgencias y casi obliga a un médico joven y asustado a operarle porque se había tragado un chicle. Al final todo quedó en como una broma y en un sinfín de excusas ruborizadas del padre a la dirección del hospital. Sin embargo una oreja puesta en el lavabo del cuarto de baño, una auténtica oreja, no era cuestión baladí.¿Qué escándalo no formaría su madre?¿Qué muros soportarían la desesperación de sus lamentaciones? Pero, incomprensiblemente para Pedro Alfonso, esta vez su madre no se inmutó, sino que frunció el ceño y entristeció la boca.
-Mira hijo...me estoy haciendo vieja y estas cosas...ya sabes...
Pedro Alfonso contempló extrañado a su madre. Había algo inusual en ella, y no era solamente el hecho de que no hubiese empezado a gritar y a llorar y a alborotar. Era otra cosa. Era un matiz vago y disonante en su aspecto ,una leve alteración en alguno de sus rasgos que no obstante desencadenaba en Pedro Alfonso una fuerte sensación de desconocimiento. Examinó cada uno de los trazos convencido de que alguno de ellos era el causante del cambio de la composición. Tenía las anchas gafas cubriendo sus ojos miopes y aquella nariz menuda y perfectamente isoscelar que él no había heredado desafortunadamente. Quizás fuera que se había teñido el raro pelo de un color distinto. No obstante otras muchas veces lo había hecho sin que él sintiera tamaña desazón hacia su aspecto. El cansancio de su rostro, imborrable, como una cicatriz, o más hondamente como otra parte más de su anatomía facial,era el mismo de siempre, de igual manera que la papada enferma de bocio. Cada rasgo parecía estar en su sitio pero el seguía viéndola rara.¿Cuál era la razón? Volvió a examinar cada parte de la cara, cada sílaba de aquel verso harto conocido, una a una, morfológicamente. Desbarató aquel semblante; aisló los componentes para lograr una más cercana observación. Los ojos, la nariz, la boca, la barbilla, la frente, los pómulos, las...las...Entonces se dio cuenta y sintió cómo la sangre se le resbalaba por dentro hasta los tobillos. Se le encogieron los pulmones y comenzó a boquear igual que un pez fuera del agua, notando abotagársele la garganta. Tuvo que apoyar su cuerpo flojo en la pared y aferrarse al pomo de la puerta de la cocina. Se oía el pulso zumbando en las sienes, en las muñecas, en el pelo erizado.
-¡Mamá!-consiguió decir.-¡Se te han caído las orejas!
Su madre se puso muy roja y se agitó un instante. Luego esbozó una sonrisa tierna y comprensiva.
-Eres peor que los niños, Pedro Alfonso. Ya sabes que es de lo más natural...Me estoy haciendo vieja. Todos tenemos que pasar por lo mismo tarde o temprano...tú también. No es plato de buen gusto...¡Oye!¿No tenías un examen hoy? Deberías hacer un último repaso ya que has madrugado.
Pedro Alfonso se quedó atónito, profundamente alelado, y su tez, antes pálida, comenzó a amoratarse. Las manos le temblaban sudorosas y sus rodillas castañeteaban .El eco de su pulso, grave, exageradamente retumbante, se le hizo insoportable, como si encerrase un campanario doblando en la sangre.¿Le estaba tomando el pelo su madre? se repetía una y otra vez su cerebro intoxicado por la falta de oxígeno. La opresión que le crecía dentro parecía a punto de quebrarle. Debía gritar, reventar aquel peso interno para que su cuerpo no estallara. Sentía el empuje persistente en las costillas y en el vientre, creciendo, envalentonándose, absorbiéndole igual que un agujero negro. Debía arrancarse, con una concentración inmensa, ese vacío opresor. Debía salir de su órbita, evadir aquella hambruna centrípeta. Debía gritar. Para conseguirlo se concentró en los agujerillos que tenía su madre subrogados donde antes llevaba las orejas. Debía gritar pronto y liberarse, darse a la luz a través de la garganta, nacerse por medio de su boca desencajada. Aquel peso fatigador seguía creciendo dentro de su pecho, seguía empujando y acometiendo las vísceras y las costillas. Pedro Alfonso logró almacenar una soga de voz en el estómago; consiguió retreparla por la garganta inflamada y golpearla contra las cuerdas vocales. Sin embargo, la cuerda había ido deshilachándose por el camino y al final logró que su cuerpo dijese un mero bramido lacrimoso.
-¡Pero qué coño dices!¡No tienes orejas!
Su madre estrujó el trapo y formó con su cara un gesto de abatimiento. Veía a Pedro Alfonso ido, apoyado en la pared, a punto de desplomarse, y no acababa de comprender la razón de su desgracia.¿Es que se había vuelto loco? Supuso que estas cosas no suceden de la noche a la mañana, que iban gestándose, desarrollándose lentamente, y un día, de buenas a primeras, se producía el paso final y se llegaba a la locura. Pero ella no había observado ninguno de esos pasos intermedios en su hijo.¿Y si no le había prestado atención?¿Y si Pedro Alfonso llevaba mucho tiempo perdiendo la razón sin que ella se hubiese dado cuenta? Imposible. Justo la noche anterior habían conversado ampliamente. Pedro Alfonso no estaba totalmente convencido de si iba a opositar después de la carrera.
-Estas cosas hay que meditarlas con cuidado. Hay mucha gente que abandona después de uno o dos años por no haberlo pensado bien. Yo no quiero cometer ese error.
¿Es ésta la actitud que muestra alguien que está enloqueciendo? No. La noche del veinticuatro de junio Pedro Alfonso estaba cuerdo, desde luego.¿Cual era entonces el motivo para que se comportase así? Era absurdo, como un sueño extravagante.¿Es que le había hecho ella algo?¿Por qué la trataba así? Empezó a sentirse íntimamente culpable y hondamente desdichada porque no adivinaba a cual de sus gestos era imputable esa culpa.
-Quizás no deberías hacer el examen...No te preocupes, ya recuperarás en septiembre. Será mejor que te metas en la cama y..
-¡Te has vuelto loca! Yo me encuentro perfectamente.¡Eres tú!¿Es que no te das cuenta de que no tienes orejas?¡No tienes!¡No tienes!¿Es que no te das cuenta?
Su madre comenzó a sollozar. Las lágrimas brotaron y fueron deslizándose lentamente a lo largo de su rostro, siguiendo el cauce ajado de las profundas arrugas. Su hijo se había vuelto loco. Tal vez fuera una de esas cosas que es imposible que sucedan pero suceden. Había perdido la cordura de la noche a la mañana, sin procesos, en un momento concreto mientras dormía...del sueño...¿Y si era eso?¿Y si sólo es un sueño? Hay algunos que provocan sensaciones tan nítidas como la propia realidad.¿No estaré soñando?¿No estaré teniendo una pesadilla en la que mi hijo se ha vuelto loco? pero,¿yo acabaría dándome cuenta de que tan sólo es un sueño?
-Sólo es un sueño...-murmuró con una sonrisa frágil.
-¿Qué dices ahora? Tú no estas bien de la cabeza. Pero mamá, de verdad,¿es que no lo ves?¿Cómo tengo que decírtelo?¡No tienes orejas !Habrá sido algún accidente.Tal vez sea culpa de esos amoniacos que utilizas para limpiar, y también se te ha trastornado el cerebro ,qué sé yo.¡Pero no tienes orejas! Hay que llamar a un médico urgentemente.
-¡Basta ya con las dichosas orejas!-estalló su madre-Claro que no tengo orejas, claro que se me han caído. Y a ti también se te caerán cuando tengas mi edad. El marciano nace, envejece y muere, y no eres un niño para que tenga que andar explicándotelo. Es ley de vida...
La mente de Pedro Alfonso no soportó más angustia y se apagó. Su cuerpo cayó al suelo de la cocina formando un ruido estrepitoso sobre las baldosas. Su madre, sorprendida de no despertarse de aquella pesadilla, rompió a llorar con fuerza.

LA VIEJA MILAGROS SANTAMARÍA

Es una columnita furtiva en una de las páginas de sucesos del Diario de Navarra la que me notifica el fenecimiento de la vieja Milagros Santamaría. Parece que un transeúnte entrometido halló el cadáver entre unos arbustos a un lado de la carretera estrecha y apolillada del monte Ezkaba. Subía caminando hacia el memorable Fuerte de San Cristóbal cuando la vaharada de la podredumbre le volteó todo el aparato respiratorio y aun parte del digestivo. El hombre pensó que tamaña pestilencia no podía ser normal ni siquiera para el clima de una tierra tan descuidada donde tanta basura y alimañas muertas abundan, así que fue persiguiendo el rastro de la hedentina con igual inquietud que Teseo perseguía dentro del laberinto el hilo de Ariadna. Primero vio el contraste de un brazo blando y lívido que asomaba por debajo de la fronda. Sin embargo, con la nariz y el estómago ya sometidos a la fuerza de la costumbre, y con el corazón envalentonado y reventando de la curiosidad, el hombre continuó investigando hasta dar con el cuerpo entero de la vieja Milagros Santamaría. Al abrir el matorral la peste había arremetido agresiva, corpulenta, sólida, contra la cara fisgona. La vieja estaba tirada en el suelo húmedo en pelota y majada, casi esqueleto en algunas partes. A su lado había un charco reseco de vómito y de bilis.
El nombre de la vieja Milagros Santamaría, impreso en el papel del periódico, emprende dentro de mi cabeza unas contorsiones de serpiente voluptuosa y las letras de ese cuerpo lúbrico van sacudiéndose el polvo del olvido. Cada sacudimiento levanta una nubecilla que luego, cuando se esfuma, muestra debajo un pedazo de memoria recobrada. Así, movimiento tras movimiento, espasmo tras espasmo, se va componiendo todo el recuerdo, y ya con sólo mirar el nombre soy capaz de recuperar la historia entera. Han transcurrido tres décadas desde que conocí a la vieja Milagros Santamaría. Yo apenas contaba los diez años y ella rondaría la cuarentena. Era, según los comentarios que circulaban, una mujerona soltera y misteriosa, y ocupaba el piso primero derecha de nuestra casa en la calle Francisco Bergamín. Sin embargo, la vieja apenas salía a la calle, y de ahí la inconsistencia de la mayor parte de las afirmaciones acerca de su persona. Esos rumores eran el resultado de intrincadas cábalas que se referían fundamentalmente a los motivos de su encierro. ¿Por qué nunca salía la vieja? ¿Es que tenía algo que ocultar? ¿Es que acaso le daba vergüenza? Aseguraban unos que el aislamiento era la respuesta a un hondo sentimiento de misantropía que se había apoderado de sus nervios con ocasión de un desengaño amoroso. Otros decían que meramente se encerraba porque tenía una enfermedad denominada agorafobia. De cualquier manera todos los vecinos coincidían en un punto, y era al señalar las actividades oscuras que Milagros Santamaría, la vieja Milagros Santamaría –como la apodaban a pesar de su edad- realizaba en su apartamento. Decían que era una bruja nigromántica y que entretenía sus horas preparando pócimas y conjuros que lanzaba a los niños por la ventana. Había aprendido sus artes del propio Demonio, a quien convocaba cada noche trazando unos círculos de tiza en el suelo del salón. Demonio y bruja conversaban amigablemente largas horas, hasta las cuatro o las cinco de la madrugada, y finalmente ella recibía los secretos y claves del mal, tras haber prometido al Ángel futuros sacrificios. Un misterio a cambio de un alma...Llegó el día en que la figura de la vieja Milagros Santamaría se convirtió en un símbolo horripilante y sustituyó al desacreditado hombre del saco en las amenazas maternas. Así, era frecuente que cuando uno de los chiquillos del barrio nos comportábamos de modo intolerable nuestras madres nos advirtieran: como no te portes bien voy a llamar a la vieja Milagros Santamaría para que te lleve con el Demonio.

Hoy, frente a la página del periódico, después de todo lo ocurrido, después de treinta rigurosos años- años con tanta parte docente como de descarrío- , todavía no estoy plenamente convencido de la porción de verdad o de mentira que aquellas historias podían contener. Lo cierto es que en esa temprana época los cuentos habían calado con fuerza en mi interior, y hasta aquel primer encuentro –tal vez incluso hasta después- crecí con la ferviente convicción de que tenía viviendo debajo de mi casa a un monstruo espeluznante. Cada vez que debía bajar a la calle, o subir de ella, notaba una poderosa aceleración de los latidos del corazón, y consecuentemente experimentaba un salvaje peso interior, como si llevara por dentro una ley de la gravitación invertida que me empujara la carne hacia fuera. El pecho estaba a punto de reventarme. Siempre pasaba corriendo por la puerta de la vieja y, sin embargo, aquel miedo me daba ocasión de practicar un juego emocionante con Enrique Monreal. Quique vivía en el sexto izquierda y era solamente cuatro meses mayor que yo. Nuestro juego consistía en averiguar quién de los dos era capaz de arrimarse más a la puerta de la vieja andando despacio, ignorando el peligro que se encerraba detrás. Con esa indulgencia y candidez que tienen los niños habíamos establecido que no era necesario hacerlo al mismo tiempo, y que cada uno de nosotros actuaría como nuestro propio notario irrefutable. Así que cualquier pasada por la puerta de la vieja bastaba, y posteriormente comentábamos los resultados y los aceptábamos sin discusión. En realidad se trataba de un reto. Hacía tiempo que Enrique poseía la mejor marca en tres escalones antes del rellano y que yo intentaba batirle inútilmente. En aquellos trances de arrojo infantil mis palpitaciones eran pronunciadas y retumbantes y, a modo de antítesis, un silencio sepulcral conquistaba todo el edificio, provocándose la ilusión de que las paredes, los felpudos, los zumbantes aparatos de la luz, las barandas, en fin, de que cada uno de los componentes de la escena contemplaba con expectación mi desafío. Yo comenzaba la ascensión de la escalera - o el descenso, según el caso- con un semblante sereno, impasible, y los movimientos firmes y acompasados. Pero a medida que me acercaba a la puerta de la vieja percibía la contracción de mi boca en un rictus, el tacto álgido de un sudor cosquilleándome la barbilla y el cuello, la concluyente descomposición de mi entereza. El pulso, creciente, atosigador, retumbaba en las paredes acalladas y caía rodando hasta el portal, donde formaba un eco estruendoso. ¡Pumba! ¡Pumba! Aquella explosión me hacía perder definitivamente los nervios y echaba a correr con desesperación. Ya a salvo en la calle, o en mi casa, el ritmo de la vida recobraba su transcurso natural. El tiempo, la luz, los sonidos, el aire... Cada ingrediente de la existencia recobraba su estado originario y los acontecimientos volvían a deslizarse con soltura a mi alrededor. La luz había pasado de misterio insondable a milagro físico; las cosas eran de nuevo simples cosas; inmediatamente a un segundo sucedía otro segundo... Este súbito envolvimiento de la normalidad me revitalizaba vigorosamente, y entonces me reprendía por mi actitud, por mi estúpida cobardía, y me juraba que la próxima vez aguantaría hasta el final, que nunca más echaría a correr, que si era menester me enfrentaría con aquella vieja bruja y la mataría y liberaría a todo el vecindario de su maléfica presencia. No obstante esos juramentos perdían toda su consistencia para la siguiente vez que la vida contenía el aliento en la escalera y me dejaba al margen. El terror volvía a dominarme y yo, nuevamente, echaba a correr antes de alcanzar el récord de Enrique Monreal.

La mañana que vi por primera vez a la vieja Milagros Santamaría era la ocasión en que más me había arrimado a su puerta antes de la explosión incontenible del miedo. Bajaba de mi casa camino a la escuela y sólo me faltaban cinco escalones para colocarme en el rellano, tres para superar la marca de Enrique. Mis movimientos se iban volviendo imprecisos y mis pisadas leves. Me aferraba desesperadamente con las dos manos a la barandilla, buscando un apoyo, y más que descender la escalera ya mi cuerpo parecía resbalar lacio. Empezó a acometerme un zumbido sibilante dentro de las orejas y, acto seguido, una manta negra y prieta fue comiéndose mi vista hasta dejarme completamente ciego. ¡No te pares, que vas a conseguirlo!, me alentaba. Todavía con un impulso violento, sobrehumano, logré que mi cuerpo agarrotado bajara un peldaño más. Estaba sólo a cuatro del nivel de la puerta, a uno de igualar a Enrique y a dos de mejorarle. Lo voy a conseguir, lo voy a conseguir... Entonces oí el graznido de la puerta de la vieja. Recuerdo aquel chirrido metálico con tanta claridad que me parece estar escuchándolo ahora. Circumdedérunt me gémitus mortis, dólores inférni circumdedérunt me... Recuerdo cada una de sus notas anárquicas, hoscas, cortantes, que se me colaron por los poros y me revolvieron toda la sangre. Yo era otro Epimeteo, un nuevo Epimeteo horripilado por el lamento amargo de los goznes de otra caja de Pandora. ¿Qué sombras iban a brotar de aquella puerta? ¿Qué vientos? ¿ Qué carcajadas? ¿Qué fuegos? ¿Qué desolación? El rechinamiento siguió empujándome, traspasándome, y dentro de mis venas fundó una comparsa de ritmo par al de la sangre. Tal vez permanezcan inseparables hasta el final de mis días.

Mi pensamiento, lógicamente, fue el de correr, huir, precipitarme escaleras abajo, arrojarme alocadamente hacia la profundidad del portal con los párpados apretados. Los perfiles del mundo circundante comenzaban a bambolearse y se estiraban y crecían. Yo permanecía por el contrario inmutable y diminuto, cada vez más diminuto, en una esquina de aquel súbito universo, sabiendo que la única opción que me quedaba para sobrevivir era cruzarlo de un salto, en un segundo, en un milésima de segundo. Sin embargo, mis sentidos no reaccionaban y, al mismo tiempo, cuanta mayor insistencia ponía el cerebro en la activación de los nervios más se aceleraba el ensanchamiento de las dimensiones y más se alejaba mi ser ínfimo del umbral de la salvación. De tal forma que me convencí de que había sido derrotado y me mantuve achantado y expectante, igual que una liebre cuando en la noche, en medio de la carretera oscura, se ve sorprendida por los faros punzantes de un automóvil. Ni siquiera tuve ánimo para cerrar los ojos. Estaban abiertos y alucinados, aunque continuaban ciegos puesto que mi mente no era capaz de vislumbrar nada más allá de la manta que la cubría, y más acá sólo podía ver los millones de historias que circulaban acerca de la vieja Milagros Santamaría, historias que ahora confluían y se fundían en una sola: aquella bruja me iba a llevar y haría un conjuro conmigo (abracadabra, pata de cabra, ojo de piojo, pelo canelo). Daría mi alma al Demonio a cambio de algún secreto oscuro y convertiría mi cuerpo desocupado en un monstruo repugnante, en un bicho. Yo intentaría pedir socorro pero mi voz transformada sonaría como un gemido enervante, nauseabundo. Mis padres no me reconocerían debajo de aquella apariencia y me tirarían por la ventana llenos de asco. La vieja Milagros Santamaría, entretanto, contemplaría, a través de los cristales mi caída. Lo haría regocijada, frotándose las manos. Era, pues, el fin.

- Chsss. Niño. Chsss. Niño. Niño.- me llamó.

Con una voluntad tozuda conseguí que mis párpados se sometieran y comencé a susurrar una suerte de plegaria incoherente, un batiburrillo de catecismos intrincados: creo en ti-padre nuestro-y de tu vientre - todopoderoso-en la hora de todos los siglos apiádate de mí amén-amén-amén.

- ¿Estás rezando?- dijo la vieja Milagros Santamaría con voz risueña.- ¿Es que me tienes miedo? Te habrán llenado la cabeza con tantas tonterías. Seguro. Sé muy bien todo lo que se dice por ahí de mí, niño. ¿Tú te crees todas esas historias? Claro que te las crees. Por eso estás rezando. Pero no importa, niño. Yo no muerdo a nadie. ¿No ves? ¿Crees que tengo aspecto de que vaya a morderte?

Entorné los ojos y lo primero que vi fue una sonrisa ancha y serena. Luego los abrí del todo y pude fijarme y reparar en cada uno de los detalles del rostro asomado a la puerta. Era, en conjunto, una cara grande y apacible. Tenía unos ojos enormes, astrales, de un color azul oscuro, azul alta mar. Sus pómulos, blandos y abultados, apenas se distinguían por encima de las mejillas mofletudas, llegando incluso a invadir los bordes de la nariz pequeña y recta. En el centro del hemisferio inferior reinaba una boca amplia y carnosa que aumentaba el efecto de grandeza y majestad del semblante, y que parecía encontrar en la sonrisa su acomodo natural. Aquellos rasgos llenaban la cara con indulgencia, sin provocar una sensación de atosigamiento, y concluían un simpático conjunto de sencillez y claridad.

La contemplé sorprendido y en silencio durante largo rato. Esa cara me intrigaba y, a la vez, sentía un íntimo recelo, una especie de alarma instintiva que me empujaba el alma infantil hacia el desengaño. ¿Cómo podía tener una bruja aquella faz inofensiva? Tamaña controversia entre cuerpo y alma me resultaba imposible. Claro que aun pasarían bastantes años antes de que leyera a Oscar Wilde. Yo moraba todavía en los tipos de los cuentos. Los ogros son feos...las hadas bonitas...¿No habría cambiado su aspecto? ¿Acaso no cambiaba de aspecto el Demonio para atraer la confianza de sus víctimas? Entonces, la vieja Milagros Santamaría no era realmente la cara afable que se me presentaba en la rendija de la puerta , sino un rostro espeluznante y oculto. Probablemente el Diablo le habría enseñado ese truco proteico.

- Las brujas saben transformarse para no parecer brujas y así engañan a los niños para que se confíen y los matan – se me escapó. Inmediatamente me arrepentí de estas imprudentes palabras, por supuesto, y sentí que el ritmo de mi corazón recobraba su galope insoportable ¿Por qué lo había dicho? ¿Por qué? Ahora se enfadará porque he descubierto su trampa y recuperará su apariencia verdadera y me lanzará un hechizo.

La vieja Milagros Santamaría se limitó a elevar suavemente las cejas y luego reacomodó el gesto entero de su cara sobre la sonrisa de la boca.

- Si yo fuera una bruja, como te han contado por ahí, no me convertiría en un mujer gorda y fea para engañarte, desde luego. Me convertiría en una princesita con las trenzas doradas.
-Pero usted no es fea –corregí.
-Gorda, por lo menos, sí que soy. No tienes que echar cuentas de todo lo que te dicen. A veces las personas nos enseñan cosas que son mentira. Vamos, acércate un poco. Sólo quiero pedirte un favor.

Para mi asombro mi cuerpo, después de unos instantes, respondía a las órdenes del cerebro –ignoro si del suyo o del mío- ,aunque los movimientos fueron lentos y titubeantes.

- ¿Ves como no te hago nada? Si fuera un monstruo ya te habría agarrado. Vas a la calle, ¿verdad?
- Voy al cole.
- ¿En serio? Eso es bueno, niño. Así el día de mañana serás todo un caballero y no un cualquiera. ¿Y qué estudias tú?
- Ya estoy en quinto.
- ¡Caramba! Casi eres un hombre, entonces –exclamó sin dejar de sonreír- Eso quiere decir que dentro de poco tendremos en el edificio un ilustre abogado, o un médico...
- Yo voy a ser astronauta.
- ¡Fantástico! Podrás ir hasta las estrellas...¿Me traerás una para que la ponga en mi salón?
- Las estrellas no se pueden coger porque son muy grandes y además son de Dios y se enfada.
- Claro, se enfada...- aprobó siempre sonriente- Pues mire usted, hombrecito, yo tenía un problema. Estoy un poco resfriada y no me apetece salir a la calle hoy ¿No te importaría sacarme la basura de paso que bajas? Te lo agradecería mucho.
- Está bien –acepté.

Dejó la puerta entornada y desapareció en la penumbra de un corredor. Ahora es cuando va a por la varita mágica y me convierte en un bicho; es la última oportunidad que tengo para escaparme, pensé. Sin embargo no me moví, y al poco rato reapareció la vieja con una bolsa de plástico en la mano.

- Toma, hombrecito. Y esto es para ti por ser tan bueno –dijo tendiéndome una moneda de cinco duros.

Cogí ambas cosas y la puerta se cerró antes de que pudiera musitar una frase de agradecimiento. Bajé a la calle silbando y arrojé la basura en un contenedor. No sé si estaba más contento por todo lo que iba a comprarme con la moneda de cinco duros o porque la vieja me hubiera perdonado la vida en aquella ocasión.

Esperé a la hora del recreo para contarle lo sucedido a Enrique Monreal. Sorprendentemente no sólo no me creyó, sino que además acabó indignándose y acusándome de mentiroso.

- Es imposible que te haya perdonado porque las brujas no tienen corazón y sin corazón no se puede perdonar.
- A lo mejor no es una bruja.
- Sí que lo es, eso lo sabe todo el mundo. Es una bruja horrible y tú eres un mentiroso y no has hablado con ella y te has inventado ese cuento porque te da rabia que no me puedas batir la marca.
- Yo no me he inventado nada y el embustero eres tú –me defendí.
- ¿Ah, sí? ¿Pues sabes lo que te digo? Pues que la mejor marca sigue siendo la mía y te fastidias.
- Eso no vale, Quique. Ahora es la mía. Eres un tramposo.
- El tramposo lo serás tú por meterme una bola.
- Yo no te he metido una bola. Si no, vamos juntos a casa luego y te lo demuestro –le desafié.
- Como quieras.

Aquella mañana, tras el recreo, nació en mi consciencia el sentido de la relatividad del tiempo. Otras muchas veces, sobre todo en la escalera de casa, me había asaltado la extraña sensación de que los segundos eran como elastiquillos que se estiraban y se recogían según su antojo, pero esa sensación desconcertante y estragadora siempre la había provocado un acontecimiento externo a mi persona, un acontecimiento en el que yo no tenía ninguna influencia. Los cambios del tiempo se desarrollaban ajenos a mí, sin tenerme en cuenta, ignorándome. Y ahora, de repente, la metamorfosis se operaba como un reflejo de mi interior. Con sólo diez años empezaba a comprender que la alteración del tiempo no es un acto que sucede por sí mismo, sino que requiere nuestra participación. El tiempo, sin nosotros, sería uno e inmutable - tal vez inexistente-. Es nuestra mera presencia la que lo torna variable. En realidad somos nosotros quienes lo moldeamos y adaptamos a nuestro ánimo, porque cada estado del alma conlleva su propio tiempo. El tiempo está dentro de nosotros. Aquella mañana, en la escuela, lo aprendí. Las lecciones, otrora lentas y pesadas, se deslizaron en un instante breve puesto que mi pecho ansiaba contemplar la derrota definitiva de Enrique. Por otra parte, este ímpetu apoplético de venganza me llenaba tanto que no cabía en mi interior ningún miedo ni recelo. Tal vez ese sea el motivo de que no me cuestionara si la vieja Milagros Santamaría volvería a ser tan benevolente conmigo, aunque seguramente no me lo planteé porque incluso mi convicción de que era una bruja se había esfumado. ¿Qué me importaba? Lo único que me importaba era gozar de la cara vencida de Enrique Monreal y de sus excusas por haberme llamado embustero. Sólo Enrique sometido, Enrique postrado ante mí... La avidez de revancha se había constituido en el único centro posible del universo de mis emociones y de mi razón. No podía pensar en otra cosa que no fuera la humillación de Quique. No podía querer otra cosa. Mi existencia se limitaba a la ejecución de ese deseo y, luego, la muerte, o la devastación, o el vacío. Lo mismo me daría después.
Caminamos silenciosos el trecho desde el colegio y entramos en el portal firmes y arrogantes.

- ¿Quién sube primero?- pregunté.
- Los dos a la vez –dijo Quique tras una corta reflexión.- Así no hay ventajas.

Comenzamos la ascensión despacio, a la par, peldaño a peldaño. Yo miraba a Enrique por el rabillo del ojo y al percibir el tic de sus párpados y su respiración acelerada sentí una tremenda vergüenza. Era como verme a mí mismo. Sus temblores eran la manifestación del idéntico miedo que tantas veces me había invadido. Era el mismo pavor provocado por la misma causa, y en el mismo escenario. Entre nosotros habían colocado un extraño espejo, y a Quique le tocaba reproducir el reflejo de un yo antiguo, un yo ridículo e incomprensible para mi persona renovada. ¿Así había sido yo?, me decía. ¿De verdad? Y aunque sabía que era cierto me parecía imposible que en algún tiempo lejano, en una época remota, inmemorial, yo hubiera estado habitando en el otro lado del espejo.

A pesar de todo llegamos al descansillo parejos.

- Está bien –jadeó.- Ahora los dos hemos conseguido la misma marca.

¿Qué significaba eso? ¿Qué quería decir? Yo esperaba sus disculpas, su derrota, su postración. Aquella media concesión no me satisfacía en absoluto. Evidentemente estaba aterrorizado, e interiormente admirado por la quietud de mi expresión, pero el orgullo le proporcionaba un vigor insólito. A lo largo de mi vida me he encontrado con mucha gente que actúa de esta manera. Se construyen un parapeto con sacos de hipocresía para esconder detrás su auténtico ser asolado. Recuerdo especialmente el caso de mi amigo Fernando Montana. A Fernando le plantó su novia después de siete años de relación. Esa misma noche me telefoneó y salimos a emborracharnos. Bebimos y bailamos y nos reímos más que nunca. Sobre todo él. Ahora sí que voy a vivir como Dios, me decía eufórico. ¡Pobre Fernando! Pero estas muestras de la soberbia humana fueron mucho después. Aquella mañana, en el portal de la calle Bergamín, a mí no me bastaba con el aspecto trémulo de Enrique. No era suficiente con su miedo contenido. Yo necesitaba más. Yo necesitaba una confesión abierta. ¡Muéstrate en todo tu esplendor, Quique! No me intentes engañar. Enséñame tu pánico.

Mi sentimiento de venganza, dolido, frustrado, se retorcía lastimosamente dentro de mi cuerpo, golpeándome con sus lomos indignados en las paredes del estómago. Noté cómo me trepaba por la garganta y se fundía con mi sangre para alcanzarme con mayor facilidad el cerebro. Entonces debió de ser cuando se apoderó de mi voluntad y fabricó la súbita ocurrencia de llamar al timbre de la vieja. El castillo en el que se defendía el verdadero Enrique no pudo resistir tan grande acoso. Me giré y le vi huir estrepitosamente escaleras arriba. El portazo de su casa retumbó en las paredes con igual potencia extraordinaria que antiguamente, siglos atrás, provocaba mi pulso apresurado.

- ¿Eres tú, hombrecito?- preguntó una voz jovial a mis espaldas.
- Sí.
- ¿Qué quieres?
- No sé. Ya se me ha olvidado.
- Da igual, hombrecito. Me encanta que vengas a visitarme –dijo la vieja Milagros Santamaría acariciándome la mejilla con un gesto tierno de la mano. Luego cerró la puerta suavemente.

Desde aquel día mis encuentros con la vieja Milagros Santamaría fueron frecuentes. Aunque nuestra relación se ceñía al espacio del descansillo llegó a alcanzar un alto grado de intimidad. Se asomaba a la puerta cuando me oía pasar y nos entreteníamos charlando un largo rato. Yo le hablaba de las cosas que aprendía en el colegio, de las regañinas de mis padres, de las niñas de las que estaba enamorado, de los juegos y peleas que teníamos durante el recreo, de los avances que lograba en mis colecciones de cromos... Ella también me contaba muchas historias, sobre todo de cuando era joven, una niña increíblemente menuda y traviesa. En una ocasión, por ejemplo, se había fugado detrás de un carro de saltimbanquis para que la admitieran en su compañía, y tanto porfió que los artistas no tuvieron más remedio que acogerla. Como no conocía otro malabarismo que darle la vuelta a la lengua o poner los ojos en blanco tuvo que conformarse con un papel de payasita muda. La aventura duró dos semanas. Un día, su padre se presentó a las afueras de Marcilla con la Guardia Civil, y en medio del espectáculo se armó un alboroto tremendo.

- Aquella chiquillada me costó un montón de palos –se reía.

Yo seguía haciéndole algunos recados y aunque me negaba rotundamente ella insistía en regalarme monedas y pastelillos de chocolate. Enrique Monreal, que estaba al tanto de mi amistad con la vieja, dejó de hablarme repentinamente, y cada vez que nos cruzábamos agachaba el rostro ruborizado. A mí, no obstante, no me importó su distanciamiento. Tampoco me importaron los comentarios que había propagado entre los demás niños de la escuela acerca de esa relación. Milagros Santamaría no era una bruja ni me tenía hechizado. Aquella patraña fantasiosa no era más que el fruto alevoso de su orgullo malherido, un vano intento de vengarse de mi venganza. Pero lejos de sentirme indignado me sentía misericordioso, y pronto empecé a contemplar a Quique como se contempla a los desgraciados.

Mi relación con la vieja siguió su curso habitual hasta que una tarde la costumbre de estos encuentros se vio alterada de manera imprevista –al menos para mí.
- ¿No quieres entrar un rato? –me dijo.

Permanecí indeciso unos instantes, sorprendido por la invitación.
- No te dará miedo... – aventuró la vieja Milagros Santamaría adoptando su ancha sonrisa.
- Claro que no. Lo que pasa es que nunca me había dicho que entrara.
- Alguna vez tenía que ser la primera. Los grandes amigos no hablan de pie, y nosotros ya somos grandes amigos, ¿no es cierto?
- Sí –concedí con resolución.

Su casa era inconcebiblemente distinta de la mía, a pesar de ser parte del mismo edificio. Empezaba en un corredor angosto y tenebroso cuyos muros, vacíos de adornos y manchados de sombra, solamente veían interrumpida su homogeneidad por los paréntesis que componían varias puertas cerradas. El pasillo desembocaba en un saloncito acogedor, de esos en los que uno puede acomodarse arbitrariamente y no teme trasladar un objeto por aprensión de romper el espontáneo orden establecido. En el centro, sobre una alfombra con los dibujos del pelo gastados, había una mesa de mimbre con el poyo de cristal muy limpio. A su alrededor había tres sillas, de mimbre también, con el asiento acojinado. Había dos rinconeras repletas de figuritas de porcelana y retratos de niños, y un revistero rebosante de papeles. Del techo pendía una lámpara de largos y retorcidos brazos, de los cuales se desprendían unas cadenillas de piedras de vidrio engarzadas. Pero el mueble protagonista de la estancia me pareció un armario que acaparaba toda una pared. Era un armatoste inmenso, de color oscuro barnizado, y contenía gran cantidad de cajones, puertas y estantes abarrotados de vajilla reluciente y de libros multiformes.
Nos sentamos en dos de las sillas, uno frente al otro, y la vieja Milagros Santamaría me preguntó si me gustaba su casa.

- Sí, es muy bonita –dije yo, aunque sólo conocía la pieza en la que estábamos.
- Es la mejor de todas en las que he vivido. Yo he vivido en muchas casas... Pero ésta es sin duda la mejor. ¿Sabes por qué me gusta tanto vivir en esta casa?
Se quedó callada esperando mi respuesta.
- No.
- Por los ruidos. Estos finos tabiques me cuentan las cosas que suceden fuera. A vosotros, por ejemplo, os oigo arrastrando las banquetas en la cocina a la hora de comer, o cuando tus padres te regañan por alguna pillería. Incluso el tintineo de la lámpara me dice que estás jugando en tu cuarto con una pelota –dijo señalando el techo.- ¿A que no sabías que tu cuarto queda justo aquí encima?
Yo negué con la cabeza.
- Pues sí. Me gustaría que vieras cómo baila la lámpara, pero es imposible porque sólo ocurre cuando botas la pelota, y si estás arriba no puedes estar abajo. ¿O es que puedes estar al mismo tiempo en dos sitios?
- Claro que no. Nadie puede estar en dos sitios a la vez, menos Dios porque es muy poderoso.
- Entonces no podrás oír el alegre tintineo de mi lámpara ya que tú no eres Dios. ¡Qué lástima, hombrecito! Ese sonsonete es muy importante para mí. Me recuerda que tú estás ahí, muy cerquita, jugando, y me hago la ilusión de que no estoy sola en el mundo.
- ¿Es que está sola? ¿De verdad?
- Sí, muy sola.
- Eso no puede ser. Seguro que tiene una familia, aunque sea muy pequeña y esté muy lejos. Todo el mundo tiene una familia.
- Yo no. Estoy tremendamente sola. Tú no te haces una idea de lo que eso significa porque tienes una familia maravillosa y porque aun eres un... hombrecito. Pero hay mucha gente que no tiene a nadie, como yo.
- Pues yo cuando sea astronauta y me vaya al espacio me llevaré a mis padres para que me hagan compañía. Estar solo es una lata. Cuando me quedo solo en casa no sé qué hacer y me aburro un montón.
- Tienes razón. A veces me aburro tanto que me entran unas ganas enormes de llorar.

Sus cejas, conmovidas, resbalaron hacia abajo y tuvo que realizar un gesto brusco con la pequeña nariz para que no cayeran al suelo. Con esa resistencia se le formó en la boca una inusitada postura frágil y temblona. Era la primera vez que no la veía sonreír.
- Por eso me gusta tanto que metáis mucho ruido. –continuó gimoteando. –Así no me siento sola...aunque lo esté.
- Pero usted no está sola. Aunque no tenga una familia nosotros somos grandes amigos y como ya conozco su casa vendré siempre que usted quiera. Además, si le apetece, también la llevaré en mi nave espacial.
- ¿En serio?- preguntó. Sus ojos se iluminaron y su sonrisa habitual reapareció. -¿De verdad somos grandes amigos? ¿De verdad vendrás a verme cuando te llame? ¿De verdad me llevarás contigo cuando seas astronauta? ¿De verdad, hombrecito?
- Sí, sí, claro que sí.
Entonces la vieja Milagros Santamaría se abalanzó sobre mí. Me abrazó con un ímpetu descomunal y empezó a besarme la cara como frenética. Yo me asusté al principio por aquel arrebato, pero cedí al peso de su cuerpo y acabé acostumbrándome a su tenaz estrujón. Sus manos, entrelazadas en mi espalda, se soltaron despacio e iniciaron unos círculos de caricias en mi cara y en mi cogote. Yo la miraba fijamente y ella, con los ojos extraviados, intensos, como si supieran traspasar mi carne y ver más allá, siguió acariciándome. Las yemas de sus dedos se deslizaron por mi piel con ternura. Con un movimiento casi desapercibido se fueron colando en mi pecho, en mis sobacos, en mi ombligo...

A partir de aquella tarde ansié en vano un nuevo encuentro con la vieja Milagros Santamaría. Su puerta nunca volvió a abrirse a mi paso; ni siquiera se abrió cuando, tras muchas cavilaciones, decidí llamar al timbre. Ignoro si se mudó a otra casa, o si permaneció allí durante los doce años que aun viví con mis padres. Su nombre fue perdiéndose poco a poco en la bruma de mi olvido y sólo ahora, cuando parecía irrevocablemente enterrado, después de mucho tiempo, después de treinta años, lo recupero gracias a una noticia del periódico.

LOS AHORCADOS

El trece de septiembre de mil novecientos ochenta y ocho don Felipe Agüera de Leandro, el Alcalde de Villa Oruga, propuso a la sesión en pleno del Ayuntamiento que ya era hora de saldar la cuenta pendiente con los ahorcados del pueblo.
- En estos tiempos de democracia, con una Constitución que ya va para los diez años, no tiene sentido que sigamos discriminando a nuestros muertos- dijo.

La moción fue apoyada por diez de los doce concejales, así que se dispuso mandar a la mañana siguiente, muy temprano, a unos operarios para sacar los huesos de los suicidas del agujero donde estaban metidos, y trasladarlos al camposanto con los de los demás difuntos. Algunos cristianos viejos del pueblo protestaron la decisión apostándose con pancartas y escapularios en la Plaza Consistorial, pero el gobierno de Villa Oruga se mostró inconmovible y el catorce de septiembre, a las siete en punto de la mañana, un grupo de cinco obreros empezó a sacar de la tierra la osamenta pulida de los ahorcados.

- Esta herejía izquierdista ha de salirnos cara- auguraban algunos de los manifestantes.
Don Felipe Agüera de Leandro, cuando oía tales murmuraciones, torcía el gesto y sentenciaba:
- En este país no ha habido cristiano más ferviente que Manrique, y ya pensaba en el sentimiento democrático de la muerte.

Aquella doctrina de lockianismo invertido no era, sin embargo, una novedad en Villa Oruga. Ya había sido sembrada hacía muchos años, la mañana tormentosa del cinco de agosto de mil novecientos cuarenta y tres. El artífice de la revolución fue un campesino viejo, de porte requemado y junteras republicanas. Se llamaba Antonio Ortega Jiménez, y fue fusilado en los campos de Alhaurín de la Torre junto con los otros seis secuaces que sobrevivieron al asalto del cementerio orugueño. El ajusticiamiento sucedió tan sólo dos días después de que Antonio Ortega, a las seis de la madrugada, entrara en la cuadra, con la capacha ya preparada, para aparejar la mula y viera, zarandeándose en el aire como un monigote, el cuerpo muerto de su hijo homónimo. Se había colgado con un cordel de una de las vigas de la cuadra.
Juana Álvarez, su mujer, permaneció todo el resto del día como alelada, y nada más descorría los labios grises para pronunciar un hondo suspiro o aliviarse con cuatro palabras: mi Antoñito, mi Antoñito. Como Antonio Ortega era un hombre metódico y escarmentado dejó a Juana convaleciendo en la casa y se dispuso a preparar la muerte de su hijo. Don Anselmo, el cura, había salido a Monda para decir una misa, así que dejó recado con lo sucedido a su sobrina.

- Ya sabe usted que mi tío no atiende el alma de los pecadores- le advirtió la niña.
- Pues dime entonces para qué valen los curas- reconvino él.

Luego se fue por las casas repartiendo la noticia, compró tres botellas de aguardiente, un queso entero y dos kilos de morcilla, y regresó a su vivienda. Encontró a Juana en el mismo rincón que se había quedado y padeciendo la misma tontera de agonía. Sin prestarle atención ordenó los tiestos de la cocina y apañó un círculo de sillas alrededor de la mesa alargada para que se sentaran los asistentes. Después de improvisado el velorio desnudó y fregó el cadáver lívido de Antoñito, lo engalanó con el traje de los domingos, y lo tendió en la cama. Juana, en el rincón, continuaba sumida en su agonía.
A las diez y media comenzaron a llegar los primeros condolidos portando grandes paquetones de azúcar y el semblante nublado. Estrechaban las manos de Antonio con pasión y dedicaban algún consuelo inútil a Juana, quien seguía ajena y quieta como una cosa. A lo más sacaba unos ojos brillantes, y cuando todos esperaban que había llegado el momento y que iba a reventar su dolor, ella decía otra vez aquellas cuatro palabras que sonaban como una receta milagrosa: mi Antoñito, mi Antoñito.
A las doce del mediodía Antonio Ortega destapó la primera botella de aguardiente, rebanó unas tajadas de queso y de morcilla, y pronunció como si creyese la conjetura: parece que tarda el padre. Los asistentes lo contemplaron con sorpresa y alguien se atrevió a decir que estaba claro que el padre Anselmo no habría de llegar. Para antes de las tres ya nadie tenía dudas del absentismo ministerial. Ni siquiera Antonio.

- Está claro que la Iglesia no quiere tratos con los ahorcados- sentenció uno.
- Pues mi hijo se entierra en el campo santo, con o sin cura, como todo hijo de padre- advirtió Antonio.
- No lo han de permitir los muy... Allá arriba mandará Dios, digo yo, pero aquí mandan los curas y Franco. Y esos no quieren a los que tiran por el camino del medio, como tu Antonio. Los llaman brujos y los tiran al socavón del olivo igual que si fueran animales.
- Pues mi hijo no es un animal y se entierra en el campo santo.

Aquella convicción, que sonaba en la boca de Antonio Ortega como amenaza, se extendió, nadie sabe cómo -o calla quien lo sepa- hasta la comandancia y a la mañana siguiente había una pareja de la Guardia Civil apostada frente al portalón de hierro del cementerio de Oruga. Traían las pistolas cargadas y una orden de disparar cuando fuera necesario. Mientras tanto, los guardias fumaban.
A las siete y media de la mañana, soportando una tromba apretada de agua caliente, salió de la casa de Antonio Ortega una procesión de doce ourgueños armados de estacas, hierros y chapulinas. Al muerto lo conducían enrollado en una manta tres de sus amigos más íntimos y el padre. A su paso, algunos vecinos asomaban la cabeza por la ventana apretando los dientes y formando puños, sin embargo la mayoría no osaba más que a espiarles a través de las cortinas corridas.
Los hombres salieron del pueblo tan reconcentrados en su hazaña que apenas sentían el temporal impuesto por un cielo corrompido. Cuando agotaron el camino los guardias tiraron los cigarrillos y les fueron al encuentro con las armas esgrimidas.

- Tenemos órdenes de que no paséis- anunció uno. Antonio Ortega hizo un gesto a los otros costaleros y dejaron el bulto en el suelo. Luego avanzó unos pasos hasta plantarse entre el grupo de orugueños y la pareja de la Guardia Civil.
- Aquí traigo un muerto. ¿No es éste el lugar donde se trae a los muertos?
- No- contestó el guardia.- Aquí se mete a los cristianos. Este te lo llevas a donde el olivo y lo pones en un boquete.

El campesino siguió el dibujo del dedo índice del guardia y su mirada se paró en el bulto.

- Mi Antonio era tan cristiano como el que más- argumentó sin levantar la vista del bulto.
- ¿Ah, sí? ¿Y entonces por qué se ha ahorcado?
- Sus razones tendría, digo yo. Eso Dios lo verá si quiere.

Por lo alto de los almendros empezaron a rodar unos truenos de madera. El viento, cada vez más intrépido, simulaba que la lluvia era frontal en lugar de caer de arriba, y volteaba la capa de los guardias estorbándoles la pose. Los orugueños, como arrancados de un largo hechizo, comenzaron a impacientarse, pero no se movieron viendo el hierro negro de los cañones apuntándoles.
Antonio Ortega, dando por concluida la conversación, se encogió de hombros y se dirigió al portalón de la entrada. Los guardias le mandaron que se apartara del cerrojo pero él no les hizo caso. Entonces sonó el primer disparo y, acto continuo, unos furiosos vítores republicanos. Aquella mañana tormentosa de agosto murieron siete personas, cinco de ellas abaleadas y las otras dos, los guardias, majadas a palos. Pero los restos de Antoñito Ortega Álvarez fueron metidos en algún agujero dentro del cementerio de Villa Oruga, y la autoridad no pudo encontrarlos. Tal vez ese sea el motivo de que algunos digan que aquellos rebeldes sonreían cuando los llevaban, a la mañana siguiente, a los campos de Alhaurín de la Torre para fusilarlos.

EL PROFETA

La mañana del 24 de mayo de 1996 Isidoro Carabantes entró en trance por vez primera. Fue en el bar de Andalucía y los parroquianos más viejos, pálidos, se acordaron inmediatamente de su abuelo. Ramiro Carabantes era un hombre de campo bueno y trabajador que, por arte de birlibirloque, había empezado un día a expresarse en una lengua extraña. Don Emilio Casares, el cura por entonces, lo examinó detenidamente por si le hallaba algún demonio dentro, y después de dos semanas de insólitas probaturas concluyó que no, que no era la voz del Diablo la que se encerraba en su garganta, sino la de Dios. Informó a sus ovejas de que Ramiro Carabantes hablaba el latín mejor que Salustio. El problema es que nadie conocía dicha lengua en Villa Oruga, así que el resto de su vida Ramiro Carabantes sólo pudo hablar con don Emilio.

Los más ancianos pensaron que la historia de Ramiro se estaba repitiendo con su nieto. Isidoro había puesto los ojos en blanco y tenía todo el cuerpo tiritando. En cualquier momento abriría la boca para soltar un dominus vobiscum o un alea iacta est, pero las palabras de Isidoro fueron dolorosamente claras.
- Hoy a las diez de la noche aullará un perro, y a los treinta y tres minutos morirá el primero.
Después del anuncio Isidoro Carabantes cogió su botellín de cerveza, le dio un trago largo, y preguntó a la gente si tenía monos en la cara.

Nadie se extrañó cuando a la mañana siguiente empezaron a doblar las campanas. Algunos se reunieron en seguida con el señor alcalde y el cura, por si había alguna solución.
- Yo no veo que podamos hacer nada- dijo don Felipe Agüera de Leandro, el alcalde. Los que deban morirse se morirán igual.
- En efecto- corroboró el cura.- Dios nos está concediendo el milagro de saber de ante mano que puede ser nuestra hora. Así podremos poner nuestros asuntos en orden antes de partir al más allá.

El dictamen del mosén se corrió por todo el pueblo y la resignación se apoderó de los espíritus. No quedaba otra alternativa que esperar. Y no hubo que esperar mucho, ya que tres días después, en medio de una peonada, Isidoro Carabantes volvió a transfigurarse y anunció que a las siete y media de la tarde aullaría un perro, y veintiocho minutos después fallecería el segundo.

Conforme se acercaba la hora fatídica las calles de Villa Oruga fueron quedando desiertas. Dentro de las casas comenzaron a escucharse los susurros de inesperadas declaraciones de amor, de confesiones pecaminosas, de solicitudes de perdón, de aclaraciones de malentendidos, de insultos contenidos. La gente libraba sus almas del peso de la conciencia ante la cercanía de la muerte. A las siete y veintinueve se hizo un silencio sepulcral. Tan sólo se intuía el zumbido de los corazones pegados a las ventanas. Entonces se escuchó el aullido del perro y los miradas se aferraron a las manecillas del reloj. Las siete y treinta y cuatro. Las siete y cuarenta y dos. Las madres abrazaban con fuerza a sus hijos asustados y musitaban plegarias. Las siete y cuarenta y cinco. Algunos apretaban los dientes para contener mejor el aliento. Las siete y cuarenta y nueve. Las siete y cincuenta. El señor párroco, arrodillado en la sacristía, daba gracias al señor. Las siete y cincuenta y tres. Isidoro Carabantes, ajeno a sus profecías e incrédulo ante los comentarios, comía un puchero de garbanzos tranquilamente. Las siete y cincuenta y ocho...Las siete y cincuenta y nueve. Las casas de Villa Oruga se convirtieron en una algarabía de llantos y risotadas. Habían sobrevivido. No les había tocado a ellos.

A quien sí le tocó la muerte fue a la familia de Pedro el de la Fuentezuela. El niño mayor, de tan sólo diecinueve años, se había desplomado a la hora señalada. Un paro cardíaco repentino, precisó el médico. Cuando los villanos se acercaron a la casa para dar el pésame traían la cara llena de vergüenza.

Las próximas semanas resultaron tensas. Todos vigilaban de reojo a Isidoro Carabantes, quien seguía con su vida como si nada. Pero el tiempo transcurría sin que se manifestara un nuevo vaticinio, así que los villanos comenzaron con las enmiendas, las preguntas, los insultos y los reproches. ¿Cómo pudiste engañarme con esa puta?, se oía en algunos hogares. ¿Por qué no me dijiste antes que te habías gastado ese dinero? ¿De verdad que me quieres tanto? ¿Qué el niño no es mío? Los villaorugueños se saludaban por la calle con los ojos achicados por el recelo, y no fueron pocos quienes descargaron la culpabilidad a puñetazos.
- No sé de dónde le viene al ser humano esta manía por la verdad cuando le ronda la muerte- se quejaba don Felipe, el alcalde, viendo que su villa se había convertido en un infierno- Lo pecado, pecado está, y se lo confiesas al cura, que para eso está, o te lo llevas a la tumba. Mira lo que pasa ahora. Casi prefiero que Isidoro vuelva a lanzar uno de sus augurios, a ver si se calman los ánimos.

Parecía que el profeta encerrado en Isidoro Carabantes hubiera escuchado al señor alcalde, porque al día siguiente se manifestó de nuevo.
- Hoy, a las nueve y treinta y seis, aullará un perro, y a los trece minutos se morirá el último.

Tal y como había intuido don Felipe Agüera, los habitantes de Villa Oruga recuperaron la calma. La intimidad de los hogares se llenó de súplicas de perdón, aunque pocos volvieron a desnudar las entrañas de su alma. Perdona lo que te dije, no lo pensaba de veras. Después de todo es mi hijo, yo soy quien lo ha criado. Estaba borracho, no sabía lo que hacía. Por supuesto que te perdono. Por supuesto que te quiero.

El tres de julio de 1996, a la nueve y cuarenta y nueve de la tarde, Isidoro Carabantes murió atragantado con un hueso de aceituna. Los villaorugueños respiraron aliviados y recobraron con entusiasmo la incertidumbre de su destino. Bueno, casi todos. El señor cura lloraba y repetía una y otra vez: “señor, por qué nos has abandonado“.

LA VIDA DIAPOSITIVA DE IGNACIO COMTE

UNO

Me llamo como me llamo y soy filósofo de profesión. Enredo con igual entusiasmo en todas las doctrinas, y luego ofrezco mis conclusiones a unos alumnos indiferentes de un instituto cualquiera. Nunca me rindo.
Hoy me ha pasado algo singular. Llevo meses fraguando similitudes entre las entrañas del átomo, las de la galaxia, y las del hombre divino. Desde que me embaucó la apostasía esmeraldina de los versos de Hermes Trimegisto. Hoy precisamente, precisamente hoy, no sé por qué, me he percibido tal y como lo hacen los demás: la lengua nerviosa, los hombros vencidos, la mirada deambulando, y un brillo de cansancio por encima de las cejas. Pero no he cobrado consciencia de mi absoluta decrepitud hasta que Cristina me ha arrojado a la cara una fotografía con los bordes desgastados.
- Éstos éramos nosotros. Míralo, míralo bien- ha gritado con rabia.
Yo fantaseaba con que Cristina venía acumulando el hastío de nuestras vidas con mansedumbre y resignación; pensé, en un alarde de inverosimilitud, que así continuaría, mansa y resignada. De manera que no me esperaba aquella explosión desproporcionada.

El retrato me ha clavado una esquina en un lado de la nariz, y me ha abierto una ligera herida por la que ha brotado una gota minúscula de sangre. He cogido la estampa y se me han revuelto las tripas. Muestra dos jóvenes reventando de felicidad por los cuatro costados delante de un barco en un muelle del Pireo. Es nuestra luna de miel. Habíamos acudido a Atenas para que ella, experta en lenguas muertas, pudiera descubrir por qué le entraban unas tremendas ganas de llorar cada vez que oía a Theodorakis cantando el poema de Seferis: Arnisi
Después de diez días merodeando entre los olivares y las piedras inconmovibles, representando ostracismos en el Ágora y caminatas peripatéticas, y bebiendo en los mismos escenarios que los dioses viejos y los hombres modernos, Cristina decidió resolver el misterio del poema de Seferis con otro poema, y me dijo: mi alma llora porque escucha la canción con la que le acunaban al principio de los tiempos.
Realmente me parece que aquel viaje a Grecia pertenece al principio de los tiempos.
Así que esta misma noche, mientras entretengo la vigilia con un cigarro tras otro, mientras me busco en el retrato inmemorial, me dejo envolver por la idea absurda de tomarme un descanso y volver a mis raíces.

DOS

Durante el desayuno la idea me parece lejana e irreal -muchas genialidades noctámbulas se vuelven estúpidas cuando las alumbra el sol- pero se lo comunico a Cristina igualmente.
- Adónde irás- me pregunta ella con un interés parco.
- A Villa Oruga.
Cristina me mira poco convencida.
- Verdaderamente quiero reponerme. Sé que ha sido una época difícil. Algo se torció en nuestra vida e intuyo que por mi culpa, pero no consigo dar con el momento exacto en que sucedió, así que lo mejor será desandar todo el camino y empezarlo de nuevo.
Cristina no dice nada. Sale de la cocina y comienza a empaquetar mis cosas en silencio, y en silencio me da un beso breve en la mejilla, y en silencio llora cuando cierra la puerta de casa detrás de mí. Tal vez en su cabeza están sonando aquellos versos remotos: πήραμε τη ζωή μας· λάθος! / κι αλλάξαμε ζωή.)

TRES

En cierta ocasión leí, no recuerdo dónde, que cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín se produjo una fractura abismal en sus almas, una herida irreparable que se imprimiría en la médula de sus genes y se transmitiría a las ramas subyacentes del árbol genealógico en la forma de una tristeza insondable, a la que podríamos llamar la melancolía del Paraíso perdido. Me parece una hipérbole preciosa para describir el desarraigo general de la humanidad, pero hipérbole al fin y al cabo si la aplicamos a los casos concretos. Es frecuente que el exiliado, después de algún tiempo fuera de la patria, fantasee constantemente con poseer el don de la ubicuidad para estar a la vez en todas las partes a las que pertenece su nuevo corazón desmenuzado. Pero esa omnipresencia sólo cabe en la geografía onírica, donde no es raro circular por la amplia Avenida de una ciudad y a la vuelta de la esquina toparse con el columpio marchito de la plaza del rincón abandonado, o con una reunión de amigos de todas partes. Y en el sueño se pregunta el exiliado por qué no vuelve a su tierra más a menudo estando tan cerca, simplemente a la vuelta de la esquina. Pero luego acaba el sueño, y la euforia del corazón reunido desaparece súbitamente, y los pedazos vuelven a desmigajarse, dejando en el pecho la gravedad de la mutilación.
Mi caso, sin embargo, nunca ha sido éste. Quizás influya el hecho de que devine huérfano con cinco años y que me crió mi única familia, una tía abuela tirana muerta hace siglos. Quizás porque desde la infancia pauté mi propio universo con la Filosofía, y los muros de Villa Oruga me parecían demasiado estrechos para indagar. El hecho es que partí de Villa Oruga a los dieciocho años de edad, a la búsqueda de un mundo más ancho, y nunca me han asaltado los anhelos del exiliado. Pensaba que no le debía nada a aquel pueblo recóndito de la hoya malagueña.
Cómo se me ha ocurrido volver, no tiene sentido, me digo mientras circulo por el cruce de Coín. Debería haber regresado con Cristina al puerto del Pireo. Tendría que haber esperado a que se consumiera la fiebre nocturna antes de tomar una decisión.
Insólitamente, nada más adentrarme en la avenida de Andalucía con el coche, noto cierto bienestar inexplicable. El color de las buganvillas derramándose por las paredes, las palmeras arañando majestuosamente el cielo y el lento caminar de unos viejecitos confieren a la entrada del pueblo un aspecto evocador de frontera a la utopía. Percibo el ritmo andaluz calándome, lentamente lento, y me siento reconfortado bajo el sol indomable y el aroma de los geranios y los rosales y la hierbabuena.
Veo cómo me miran algunos conforme avanzo con el coche, curiosos, intentando averiguar quién es el que llega. Adivino lo que sienten porque yo he sentido esa misma curiosidad, tantos años atrás. Porque ahora recupero todas las sensaciones que creía tan olvidadas que ya no me pertenecían. Así que yo también los miro, con el desconsuelo de que no reconozco a nadie. Tal vez no los conozco, o tal vez me he olvidado de ellos.
Aparco por encima del cuartel de la Guardia Civil y saco el bolso del maletero. He considerado entrar a tomarme algo en el bar, pero luego he decido que prefiero ducharme y dormir algunas horas para sacudirme el cansancio del viaje. Mejor así. Veremos lo que me depara el día de mañana.
Me encamino al Hostal Villa de Oruga para buscar alojamiento. El cuartel viejo.

CUATRO

En el hostal no me han pedido el carné de identidad, y he improvisado un nombre cualquiera: Ignacio Comte. Puesto que nadie me reconoce fingiré que soy una persona diferente. Será divertido no ser yo durante una temporada. Será saludable, tal vez, para mí, para Cristina, para los recuerdos del puerto del Pireo.
Dentro de la habitación del hostal la vida de Ignacio Comte se desarrolla en una hoja de papel arrugada: soltero, médico de Valladolid agobiado por su vida, decide romper con todo, quién sabe por qué razón; tal vez haya algún secreto oscuro en su pasado, como el de John Wayne en el hombre tranquilo; al principio se mostrará huraño, pero tras unos días, con el roce, la gente se dará cuenta de que es de natural alegre y extrovertido. Simplemente necesitaba un poco de aire nuevo.
Miro el pedazo de papel y resuelvo que es un buen comienzo para una vida. Probablemente con el paso del tiempo aquella personalidad irá enriqueciéndose con matices. Todavía ignoro si seré capaz de meterme en el personaje sin modificarlo con mi propia idiosincrasia. Ya veremos.

CINCO

Con esta perspectiva nace Ignacio Comte en Villa Oruga. De vez en cuando me topo con el gesto desconfiado de alguien y pienso que el juego está concluido. Saben quién soy. Sanseacabó esta tontería ridícula.
Sin embargo, tras unos minutos todos dan por buenos mis argumentos e Ignacio Comte respira aliviado porque puede continuar viviendo. Un día más. Una hora más. Un minuto.
Poco a poco disminuye la inquietud de Ignacio Comte. El médico de Valladolid se vuelve altivo, y se apodera de mí completamente. Sólo me acuerdo de mis estudios para olvidarlos. Sólo me acuerdo de Cristina porque no me acuerdo de ella. Ni del puerto del Pireo. Ni del retrato que lo ha causado todo. Yo voy desapareciendo bajo la sombra progresiva de Ignacio Comte.

SEIS

Me levanto con el canto urgente de los gallos del Puerto Monda, me adecento y salgo a vagabundear. Villa Oruga ha cambiado muchísimo en treinta años, pero yo prefiero las calles viejas, más umbrías, más estrechas y más moras. No es la nostalgia de mi persona antigua. No es que los recuerdos agarrados a la piedra se impongan. Simplemente son los gustos estéticos de Ignacio Comte.
Me pierdo en el laberinto del Castillejo, lleno de rincones insólitos, de arriates y de macetas chorreando, de sombras sugerentes. Me abandono al idioma de los corrales del Mocabel, a las cuestas rotas del Cerrillo y de la Torre, a los veneros que desgarran, con su rumor tranquilo, el suelo del Ventorrillo. A Ignacio Comte le encanta el pueblo escondido debajo del pueblo nuevo.
A mediodía bajo a la Plaza para desayunar.
- Hay que joderse, doctor, nosotros fritos por encontrar un trabajo de mierda y usted que abandona el sueldo del hospital. A los ricos no hay quien los entienda. Tómese un copita de anís.
- No, gracias, estoy a régimen. En la vida hay otras cosas aparte del dinero.
- Dígaselo a mi mujer en cuantito la vea.
- Se lo diré, no te quepa la menor duda- sonrío yo.
Después compro el periódico en el quiosco, almuerzo en cualquier sitio mientras lo hojeo, y vuelvo a mi habitación.
Paso la tarde leyendo unas novelitas y compilaciones de relatos de terror y de ciencia ficción que alguien ha olvidado en el hall. El doctor Comte prefiere aquella literatura, aunque, probablemente, le costaría reconocerlo en sociedad.
Al atardecer salgo de nuevo, esta vez para tomar cerveza con los villaorugueños.


SIETE

Después que cuartel y antes que Hostal de Villa Oruga el edificio ha albergado una academia de sevillanas, una academia de mecanografía, una academia de inglés, un taller de corte y confección, y una guardería. Los negocios fracasan irremediablemente y el recinto, que nunca dejará de llamarse el cuartel viejo, queda en las manos impunes de la chiquillería. Tal vez este tráfico incesante ha tatuado en las paredes los susurros que Ignacio Comte escucha por las noches. Tal vez el doctor Comte está al borde de la locura, y por eso le encantan los cuentos de terror y de ciencia ficción. O lee cuentos de terror y de ciencia ficción y por eso está al borde de la locura y por las noches, en la cama, oye esos susurros saliendo de las paredes de su habitación.

OCHO

Usted es médico, me dice Pedro el de la Rocío. El castillo de naipes se tambalea. Ignacio Comte se resiste a la muerte y se acuerda de que esconde un as en la manga: la artimaña de John Ford; el misterio de hombre tranquilo que le ha llevado allí: operé a un hombre en estado de embriaguez y lo dejé paralítico; me retiraron la licencia y perdí el rumbo y prometí que nunca ejercería de nuevo.
- Estoy de vacaciones indefinidas, Pedro.
El secreto debe revelarse sólo al final, cuando no hay otro camino.
- Lo mejor será que vayas al ambulatorio.
- No es por mí. Es un animal que tengo.
No hay peligro, piensa el doctor Comte. Entonces busca un veterinario, dice.
- No lo sé, es que no conozco a ninguno de confianza y traer uno aquí me saldría por un ojo de la cara. Es un caso un poco raro, ¿sabe? Sólo le pido que le eche un vistazo y me de su opinión.
- Está bien- accedo.- Pero los animales y las personas son dos mundos completamente distintos. Distintos completamente.

NUEVE

Subimos con el Land Rover de Pedro por el camino polvoriento del Puerto y frente al cementerio tomamos el carril de la izquierda. En lo alto de una loma dura está la cuadra de Pedro. Y dentro de la cuadra de Pedro está el unicornio de Pedro.

DIEZ

Es pequeño y asustadizo y blanco como las nieves del Kilimanjaro. Todavía le cuesta ponerse en pie y mantener la cabeza erguida. Su cuerno es un cucurucho de plata por encima de los ojos tristes.

ONCE

- ¿Qué cree que le pasa, doctor?
- No le pasa nada, Pedro. Es un unicornio. Un especie rarísima.
- ¿Cómo es eso posible? La madre era una yegua sana y fuerte, una yegua joven normal. Cómo va a parir una mastín a un galgo.
- Con estos animales todo es magia.
- Así será, porque le juro que a la yegua no la habían montado. Es como lo de la virgen en versión caballo, no sé si me entiende. La pobre se murió en el parto. Por mí le hubiera endiñado un tiro hace tiempo porque esto sólo puede ser cosa del demonio, pero mi Ángela se ha encaprichado con él y viene todos los días a jugar y a darle el biberón. Lo que me da miedo es que sea peligroso.¿Usted qué opina?
- No te preocupes, Pedro. Los unicornios no hacen daño.
Pedro el de la Rocío apoya la yema del dedo índice en la punta del pitón.
- ¿Está seguro?
- Segurísimo. Pero si no te quedas tranquilo puedes venderlo. Te pagarían una fortuna. Ya te digo que son animales muy raros.
- No. A mi Ángela le daría algo. Sólo quiero pedirle un favor.
- Tu dirás.
- No comente nada en el pueblo.
- Descuida.

DOCE

- ¿Por qué no se busca una casita en vez de estar pagando una habitación en el cuartel viejo?
- Todavía no tengo claro cuánto tiempo voy a quedarme.
- Hay una casa vacía en la calle Hospital. Si decide quedarse una temporada larga me avisa. Conozco bien a los dueños y son gente cabal. No abusan.
- De acuerdo.
Digo de acuerdo por cortesía. Me agradan los libros del hostal y los susurros de las paredes sugiriéndome historias. Me encandilan.

TRECE

Al mercado de los jueves le llaman el barato. Los puestos se levantan a los lados de la Avenida de Andalucía y se forma una pequeña feria antes de las doce. Bajo a mezclarme con la gente y todos me saludan, buenos días doctor, y me sonríen ampliamente.
A la altura del tenderete de un negro que vende relojes y carteras de cuero y cinturones me paro y veo a la mujer de Pedro el de la Rocío, quien regatea en el puesto de las verduras. Le acompaña su hija Ángela. El nombre le sienta bien. La describe. Andará por los doce años y tiene el pelo rubio y ensortijado. Tiene la cara redonda, con la frente clara, la nariz perfectamente isoscelar y unos ojos grandes y limpios. Me la imagino acariciando la testa del unicornio y le sonrío. La niña me devuelve la sonrisa y esconde la cabeza detrás del cuerpo de su madre.

CATORCE

Entro en el bar de la plaza y recibo con un gesto vago de la mano los cabezazos al aire de Jacinto, el propietario, y los únicos cuatro únicos parroquianos del momento, quienes andan enzarzados en una partida de dominó.
- Ponme una cerveza, Jacinto.
Jacinto lleva un palillo de dientes en la boca y consigue llevarlo de un extremo al otro a la velocidad de la luz.
- Poco trabajo, ¿no?
- Toca esperar- dice Jacinto, y arruga el morro hasta que la punta del palillo parece la lengua de una libélula, y asiente, y cuando creo que así está cerrado el asunto añade - Cuando la costa está bien hay trabajo para todos, y cuando hay trabajo para todos no hay trabajo para mí. Así son las cosas.
- Así son- repito yo. Y le doy otro trago a la cerveza mientras veo sin mirar la partida de dominó.

QUINCE

Enciendo la luz de la lámpara que hay en la mesita de noche y miro el reloj sobresaltado. Son las tres de la mañana. Me cuesta unos instantes darme cuenta de que no estoy saliendo de una pesadilla. El tiempo que tardan los golpes en repetirse. ¡Pum, pum, pum! ¡Pum, pum, pum!
Salto de la cama y abro la puerta de mi habitación sin reparar en que estoy medio desnudo, y me encuentro con Pedro el de la Rocío con la figura entera alborotada.
- ¿Qué pasa, Pedro?
- ¡Tiene que venir a mi casa, doctor!
- Pero...
- ¡Tiene que venir a mi casa, doctor! ¡Es mi niña! Algo le pasa a mi Ángela.

DIECISÉIS

La casa de Pedro está en una de las calles del barrio nuevo. Será una casa espaciosa seguramente, pero en la penumbra intranquila de la madrugada aparece oprimida. Toda la familia está en pie. Incluso merodean algunos vecinos que se han alertado con el alboroto.
Ángela está en su cama, tumbada boca arriba, sudando a mares y temblando y castañeteando los dientes. Cada dos o tres segundos contrae las facciones en un espasmo de dolor, pero aun así continúa sin alterarse su hermosura. Oigo su respiración ajetreada y le palpo la frente empapada.
- Tiene mucha fiebre. Lo mejor es llevarla cuanto antes a Málaga.
- ¿Qué le pasa?
- Seguro que se trata de alguna infección. No será grave pero aquí no podemos hacer nada.

DIECIOCHO

Cuando Pedro y su mujer regresan de Málaga, Villa Oruga ya conoce parte de la noticia: Ángela murió por el camino.

DIECINUEVE

- Entró por la azotea y se metió en su cuarto. La pobrecilla estaba tan asustada que no podía ni gritar. Cuando terminó se fue por donde había venido y la niña se metió en el baño y se frotó todo el cuerpo con lejía para despegarse el asco. Así le ahorquen al hijoputa.

VEINTE

Me siento en el borde de la cama y me pregunto si podría haber hecho algo más. Yo soy médico.


VEINTIUNO

- Lo siento mucho, Pedro.
Ha pasado más de una semana y el hombre muestra un aspecto de cansancio infinito.
- Qué vas a hacer ahora con el unicornio.
-He ido a pegarle dos tiros, pero ya estaba muerto. Lo he enterrado debajo de un almendro.
- Lo siento, de verdad que lo siento.
Entonces Pedro me mira.
- ¿Te acuerdas el día que nos fuimos al charco del muro y yo le había quitado un paquete de tabaco a mi padre y nos lo fumamos entero? Menuda borrachera. Qué paliza me gané.
- Sabes quién soy en realidad.
- Todo el pueblo lo sabe.
-Desde cuándo- sonrío con tristeza.
-Desde que te bajaste del coche.
-Por qué no me dijisteis nada.
-Tendrás tus motivos para hacer lo que has hecho.
Pedro se enciende un cigarro y me escruta.
- Me marcho hoy mismo- anuncio súbitamente con la voz ahogada.
- Buena suerte, doctor.



VEINTIDÓS

Antes de abandonar la habitación del cuartel viejo escarbo un agujerito en una de las paredes y entierro el alma de Ignacio Comte para que pueda susurrar junto a las demás almas que yacen bajo la cal.
Monto en el coche y arranco.
Cuando abandono la Avenida de Andalucía pienso en Cristina. Le preguntaré si quiere que regresemos al puerto del Pireo. Tal vez aún no es tarde para seguir avanzando.